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EL CABO DE HORNOS

en kayak de mar

Travesía del fin del mundo.
De Ushuaia al Cabo de Hornos en kayak


Por Pablo Basombrío

Y si llega el fin del siglo, ¿por qué no ir al fin del mundo...?

Esta fue quizás la idea que hace ya mucho tiempo dio origen a esta travesía y que con el correr del tiempo fue creciendo, aunando energías y sumando entusiastas que también se enamoraron del proyecto.

La planificación constituye uno de los pilares del éxito para una travesía de estas características. El kayakista de mar siempre debe considerar varios principios a los que hemos dedicado muchas horas de estudio: corrientes y mareas, clima, playas de desembarco, rutas de escape, entrenamiento y finalmente la logística. Sobre estos principios trazamos la derrota o ruta de navegación, con el cuidado de programar jornadas parejas en cantidad de horas de remo. Estimamos un promedio de seis horas diarias, ateniéndonos siempre a las rutas de escape y a las condiciones climáticas para priorizar la seguridad del equipo.

La partida no podía ser desde otro lado que desde Ushuaia, la ciudad más austral del mundo, "bahía que penetra hacia el poniente" según la lengua yamana. En total recorrimos casi 500 kilómetros en unos 25 días. La dificultad no estaba dada solamente por la distancia, ni por lo prolongado de la expedición, sino también por las condiciones climáticas. Esta antigua región volcánica, creada por los efectos de las glaciaciones, se encuentra seriamente influida por la cercanía del continente antártico. Esta proximidad se hace sentir con masas de aire muy frías: en abril, fecha elegida para nuestra expedición, la temperatura media es de 5 grados, y llega a los 6 grados bajo cero. La violencia del viento alcanza fácilmente los cien kilómetros de velocidad en contados minutos, y las olas se levantan hasta llegar a los ocho o diez metros.

Al contrario de lo que sucede en otras partes del globo, la predicción meteorológica se hace casi imposible pues los fenómenos no responden a pautas claras. Estas condiciones nos obligaron a remar solos en algunas ocasiones, cuando las comunicaciones se redujeron a cero. Cada miembro de la expedición dependió entonces de sí mismo, y se enfrentó a su propia soledad, pensamientos y miedos. El Cabo de Hornos constituyó un desafío frente a nosotros mismos, que nos ayudó a superar nuestros propios límites.

El equipo


Pablo Basombrío
Team leader de la travesía, 37 años, comparte su actividad en Basombrío & Asoc. Seguros con la enseñanza del kayakismo, la planificación y ejecución de travesías y guía de deportes de aventura.
Martín Grondona
38 años. Experto en descenso de aguas blancas, navegó por ríos de montaña de Chile, Argentina, Estados Unidos y Ecuador, como el Atuel, Mendoza, Futaleufú, Cañón de Cacheuta, Manso, Aluminé, Trancura, Fuy, Palguín, Licura, Blanco y Nantahala.

Emilio Caira
35 años, profesor nacional de Educación Física, socio del Instituto LEMM escuela de natación que cuenta con más de 400 socios. Como dedicado kayakista de travesías recorrió los ríos Uruguay, Paraná, el Delta del Tigre, Río de la Plata, la Costa Atlántica y participó de la primera edición de la travesía 100 kilómetros non stop Nueva Palmira - Tigre, entre otras.

Entrenamiento

Durante los dos años previos a la expedición pasamos muchas horas sentados en nuestros kayaks. Tantas, que casi podríamos afirmar que forman parte de nuestro cuerpo. Las prácticas se desarrollaron sobre cuatro aspectos:

  1. Resistencia: trabajos de largo aliento con salidas de entre 40 y 100 kilómetros de recorrido.
  2. Técnica: trabajo en piletas climatizadas donde practicamos una y mil veces el eskimo roll (maniobra de autorrescate), trabajo en las rompientes del mar y técnicas de aguas blancas en los ríos de Mendoza.
  3. Endurance: este fue el aspecto más difícil de entrenar y se refiere al fortalecimiento psíquico-físico para enfrentar situaciones extremas prolongadas.
  4. Técnicas de rescate: más allá de que cada uno tiene que tener autonomía, tratando de no ser el eslabón más débil de la cadena, trabajamos en equipo para lograr una buena coordinación en la navegación y rápidas maniobras de rescate.

 

Antecedentes


Apenas superan la docena la cantidad de kayakistas que nos precedieron en nuestra travesía al Cabo de Hornos. El mérito deportivo seguramente lo tenga aquélla legendaria expedición inglesa que, integrada por Nigel Matthews, Colin Mortlock, Frank Goodman y Barry Smith, dejó Puerto Williams la Navidad de 1978 para internarse en los canales fueguinos por primera vez, navegando en frágiles kayaks. En aquella ocasión se usaron los Nord Kappk, kayaks diseñados exclusivamente por Goodman para otra expedición anterior. A la dificultad natural de la travesía, estos pioneros tuvieron que sumar lo desconocido de la zona y la lejanía de sus hogares. Para ellos, el Mar del Norte resultó un buen teatro de entrenamiento.

Abierto ya el camino, los kayakistas argentinos no se hicieron esperar. En 1986 Ricardo Kruseuszky lideró la primera expedición argentina, a cargo de un heterogéneo equipo de varias provincias, Rolfi di Leo, Tinco Peralta y Luis Mack, con el agregado del último momento de un kayakista sueco Adrián de Domine. Marquitos Oliva Day, uno de los kayakistas argentinos con más trayectoria, organizó un equipo puramente patagónico junto a Atilio Mosca y Víctor Hugo Temporelli, que en 1989 zarpó de Puerto Almanza para regresar 19 días más tarde, luego de haber circunnavegado la Isla de Hornos. Sus historias de ballenas y petreles están muy frescas en nuestra memoria.

 

Logística

Dos años de trabajo y U$D 25.000.- de presupuesto dan una idea acabada de lo complejo que resulta planificar una expedición de esta envergadura. Para mantener nuestra temperatura corporal, usamos ropa interior de tipo capilene. Cubre cockpit de neopreno, trajes secos de gore-tex, mitones, botitas y gorros también de neopreno fueron los encargados de mantenernos secos y aislados del frío.

Específicamente para la navegación utilizamos kayaks Sea Lions de Perception, de 5,50 metros de eslora por 0,60 metros de manga, de probada estabilidad y gran capacidad de carga en dos compartimentos estancos ubicados en proa y popa y timón. Los elementos de navegación y seguridad comprendieron GPS (navegador satelital), radios VHF, pínula, cartas y rutas de navegación, bengalas exigidas por las autoridades marítimas chilenas (blancas, rojas y fumígenas), luces estroboscópicas, botiquín y elementos de reparación, junto a un teléfono satelital. Dos remos de travesía de carbono, de 230 centímetros (uno de repuesto), la carpa de alta montaña para tres, bolsas de vivac, dos calentadores con sus garrafas y chalecos salvavidas completaban el equipo, junto con las cámaras de fotografía y video y un imprescindible kit de reparación de kayaks.

Los alimentos se prepararon en raciones selladas para tres personas cada una, abundantes y variadas para no aburrirnos. Se basaban en pastas y arroz deshidratados, sopas, caldos, quesos, salchichas, atún, café, té, leche en polvo, glucolín, cereales, miel, dulces, galletitas dulces y saladas, gelatinas, chocolates, jugos y frutas secas. A todo esto se agregaron los suplementos vitamínicos.

Dado que la navegación se desarrolló casi completamente sobre aguas chilenas, fue imprescindible el pertinente permiso de la Marina chilena, que tramitamos en el consulado de Buenos Aires. También debimos portar un permiso de la Prefectura Naval Argentina, un certificado de aptitud físico-psíquica y nuestros documentos de identidad.

 

Donde el Pacífico y el Atlántico se juntan

Finalmente llegó el gran momento. La aventura comenzó en el Parque Nacional Tierra del Fuego. Después de 48 horas de trámites en Ushuaia, equipamos los kayaks en Bahía Ensenada, en medio de algunos curiosos que miraban incrédulos nuestras pequeñas embarcaciones y el mar inmenso que se abría a nuestras espaldas. Nos lanzamos al agua casi con alivio, y sentimos que un peso grande se quedaba en la costa.

Los primeros días nos dedicamos a "calentar brazos" y a calibrar las embarcaciones reacomodando una y otra vez el estibaje. Mientras navegábamos por el Canal de Beagle, el clima ya dejaba entrever lo que sería nuestra expedición: sol, viento, calma, lluvia, nieve, más viento... el primer temporal se abatió sobre nosotros. Sólo remando con gran esfuerzo pudimos alcanzar la costa. Agotados, en ese momento pensamos que nuestra meta no se dejaría alcanzar tan fácilmente.

Cruzamos el Canal de Beagle y entramos en aguas chilenas, bien temprano para evitar los vientos más fuertes, que se levantan con el sol. Luego de solicitar permiso vía radio desembarcamos en el Club Náutico Micalvi y nos dirigimos a la Capitanía de Puerto Williams, una base naval con casi dos mil efectivos y un número reducido de civiles que constituye la parada obligatoria para todas las embarcaciones que se dirigen hacia el sur.

 

Greg, Eva y el "Noomi"

Lo que pensamos sería un mero trámite se convirtió en un calvario. Nuestros permisos, solicitados con casi un año de antelación, no aparecían, y el personal que nos atendía mostraba el mayor desinterés por resolver nuestro problema. Cuando ya habíamos sorteado todos los obstáculos, una última condición nos fue impuesta: sin un barco de apoyo para la zona de Nassau no podríamos zarpar.

De pronto, Martín levantó la cabeza y vio aparecer a Greg y Eva, dos simpáticos suecos que desde hace veinte años surcan los mares de nuestro planeta al mando del yate "Noomi". Les contamos nuestra situación y les propusimos ser nuestra "escolta" en el mar. El problema estaba resuelto. Corrimos a la Capitanía y con mucha excitación logramos el ansiado permiso: nos había llevado casi dos días pero ya estábamos listos para salir.

Navegamos con rumbo este, y si bien el día era frío y ventoso nos sentíamos felices de estar nuevamente en el agua. Pasamos Punta Eugenia y alcanzamos Puerto Toro, último lugar con población estable de nuestro recorrido.

 

Al sur del sur

Puerto Toro ostenta el raro privilegio de ser el poblado más austral del mundo. Sus pocas casas se encuentran esparcidas sobre una caleta profunda y bien protegida de la costa este de la isla Navarino. Sus habitantes casi se cuentan con los dedos de la mano: algunos pescadores, un carabinero y su mujer, un suboficial de la marina, y un maestro que tiene que arreglárselas para enseñar a unos cuantos niños que asisten simultáneamente a distintos grados.

Nos alejamos de Puerto Toro y seguimos navegando. El frío y el viento ya eran compañeros inseparables y con el correr de los días se hacía cada vez más difícil levantarse y salir de la carpa. También se fueron imponiendo ciertos ritos, como repetir cada mañana para darnos ánimos y a modo de muletilla "hoy empieza la travesía" y, a modo de agradecimiento, besar tierra al desembarcar en cada nueva isla. Mientras navegábamos pasábamos las horas contando historias para evitar el tedio.

 

Compañeros de las ballenas

Cuando llegamos a Punta Guanaco encontramos nuestro primer gran escollo a nivel técnico: ¡35 kilómetros de mar abierto! Del otro lado se podían divisar las cumbres de la isla Wollaston.

Nos levantamos muy nerviosos y preparamos cada detalle: elementos de seguridad, cartas de navegación, lugar de desembarco, navegador satelital, alternativas claras y radios encendidas... El Noomi ya estaba en zona y después de consultar las previsiones meteorológicas saltamos sobre nuestros botes aprovechando el viento este que da cierta estabilidad al clima. Contra lo que habíamos pensado, las dificultades fueron psicológica y no técnicas. Las condiciones del tiempo se mantuvieron estables pero el mar de fondo hizo que algunos de nosotros nos mareáramos; además, la costa parecía cada vez más lejana: una, dos, cuatro horas de remo y teníamos la sensación de no haber avanzado ni un metro. Sólo un grupo de toninas que pasaron veloces entre nuestros kayaks logró distraernos un poco. Por lo demás, la monotonía era mortal: agua, agua y más agua que hacía perder la noción de tiempo y distancia. Llegamos a Caleta Middle. Al partir a la mañana siguiente, los suboficiales de la marina chilena prometieron unos "pisquitos" (clásica bebida alcohólica chilena) para la vuelta.

El 10 de abril, llegando a Bahía Scourfield, Martín divisó unos chorros de agua cerca de la costa; Emilio y yo gritamos ¡"ballenas"! Finalmente se hacían ver.

Continuamos remando bajo una lluvia intensa para llegar hasta la Isla Herschel. Ya podíamos divisar el Cabo de Hornos, unos kilómetros al suroeste. Las condiciones parecían estables y estuvimos tentados de salir a cruzar el canal que nos separaba de nuestro objetivo: teníamos miedo que al día siguiente las condiciones cambiaran y el Cabo se nos escapara. Pero como la noche ya caía amenazante sobre el frío mar decidimos parar en la Caleta Dublé.


Por fin, proa al Cabo de Hornos       

Cuando el 11 de abril dejamos Caleta Dublé, sabíamos que estábamos muy cerca de nuestro objetivo, pero también éramos conscientes de atravesar el punto más peligroso de nuestra expedición. La costa oeste de la isla de Hornos, formada por altos acantilados, suponía un riesgo muy grande: cualquier tormenta podía hacer peligrar nuestras posibilidades.

Cruzamos el canal que nos separaba de Hornos y comenzamos a flanquear la costa norte sin dejar de vigilar el horizonte. Greg y Eva, los amigos que nos escoltaban en el velero "Noomi", nos habían advertido: "Si ven una cortina negra, tienen que escapar como sea".

El ruido del océano explotando contra los acantilados y la vastedad del agua que se extendía hacia el oeste nos devolvieron rápidamente a nuestra realidad: éramos tres puntitos insignificantes en medio de la inmensidad de la naturaleza.

Tras un momento de duda, nuestras miradas se cruzaron y decidimos que esa era la oportunidad. El "Noomi" se alejó de nosotros, o más bien de la costa amenazadora, y nos dejó un poco huérfanos. Remamos decididos y con fuerza para ganar distancia. Mirábamos casi incrédulos los temibles acantilados y después fijábamos la vista en el horizonte. Al rato nos fuimos tranquilizando, mientras los kayaks bailaban en el mar de fondo.

Virando la costa sur el asunto se empezó a poner cada vez más negro, y las primeras ráfagas se hicieron sentir. El mar se movía cada vez con más violencia; enseguida empezó a llover. Cuando ya se divisaba el Cabo, solicitamos a la gente del puesto de observación de la isla que corroborara nuestro paso. Las manos heladas hacían casi imposible el manejo de la radio VHF.

Nuestra excitación aumentaba con el viento y la lluvia. La "cortina negra" ya estaba instalada en el horizonte. Cabalgábamos las olas tratando de adivinar nuestro lugar de desembarco. Pasamos puntas, cabos, caletas... pero siempre había más. Las distancias en el mar engañan. Luchamos contra el viento enfurecido y luego de más de cinco horas de remo logramos desembarcar en la Caleta León, exhaustos y empapados. Era de noche. Besamos la tierra y agradecimos estar vivos. Eran las 17.30 del domingo 11 de abril de 1999.

La Isla de Hornos

La familia Silva, a cargo del famoso faro, nos recibió con gran alegría, pues nos habían seguido durante el último tramo con angustia e impotencia. Hacía frío y el granizo castigó nuestro precario refugio durante toda la noche. Sin embargo, dormimos profundamente hasta las nueve de la mañana.

La Isla de Hornos tiene unos 9 kilómetros de largo en dirección nornoroeste-sursureste, y tres en su parte más ancha en dirección este-oeste. Forma parte del archipiélago de las islas Herschel y si bien no es la más grande, sí es la más famosa. El terreno está formado en su mayor parte por turba dura y algunos manchones graníticos. La vegetación baja y achaparrada abunda, lo mismo que los campos minados; ¡por fortuna estos se encuentran bien señalizados por alambrados!

El más famoso de los cabos está conformado por un promontorio de 424 metros de altura. Su ubicación exacta es el meridiano de 67º 15' longitud oeste.

La familia Silva (padre, madre y dos hijos de diez y de seis años), comparte el cabo únicamente con el viento y la lluvia. Ellos se encargan del mantenimiento del faro, y de atender la estación meteorológica y de comunicaciones. Para ilustrar las limitaciones con las que viven, baste señalar que las provisiones de cualquier tipo solo les llegan por barco cada tres o cuatro meses. Alternan el tiempo dedicado a su trabajo con la enseñanza escolar de sus hijos, a quienes sólo dejan salir de la casa bajo estricta supervisión: según nos contaba mamá Silva, "corren peligro de ser arrastrados por el viento".

En el puesto-casa de los Silva pudimos firmar el "Libro de visitas del Cabo de Hornos", y buscar el testimonio de las expediciones que nos habían precedido. Visitamos también el monumento que simboliza el alma de los marineros muertos en el mar. Representa un albatros gigante en pleno vuelo, y reza: "A los que cruzaron y a los que perdieron la vida en su demanda".

Tres largos días estuvimos "encerrados" en el Cabo de Hornos. Sólo había viento, lluvia y frío. El mar lo rodeaba todo y se perdía en la lejanía. La sensación de estar en el fin del mundo era clara. Pasábamos las horas con la mirada puesta en el horizonte, tratando de adivinar el clima, con la esperanza de que así mejoraría. Pero nada cambiaba.

La dieta en la travesía

Nuestra alimentación se vio limitada por un factor determinante: el espacio. Transportar alimentos para tres personas y 28 días en las bodegas de nuestros pequeños kayaks no fue fáci. La mejor solución fue preparar raciones selladas para tres personas cada una.

Usualmente hacíamos dos comidas en tierra -desayuno y cena-, y durante las horas de navegación nos manteníamos con distintas raciones que siempre llevábamos en los chalecos salvavidas: Power Bars, chocolates, frutas secas y deshidratadas, caramelos y pastillas de glucosa. La idea era tener alimentos de fácil digestión y alto contenido energético que se pudieran ingerir sin abandonar las embarcaciones. Las combinamos con sopas instantáneas, que demostraron ser un óptimo complemento.

Para el desayuno, calculamos raciones individuales de 50 gramos de leche en polvo, 30 gramos de chocolate en polvo, 30 gramos de azúcar, 40 gramos de galletitas dulces y algo de miel o dulce. Para la cena preparamos cinco variedades de menús ricos en hidratos de carbono, fibras y sales minerales.

El regreso: si mi amigo estuviera en peligro...

El 14 de abril, tras tres días de descanso forzado en el Cabo de Hornos, "decidimos" que el viento había calmado un poco. Nos cambiamos rápidamente y descendimos los 220 escalones que nos llevaban a la playa. Los Silva nos acompañaban, y nos advirtieron que las condiciones continuaban muy inestables. Mientras cargábamos los kayaks una tormenta de nieve se abatió sobre nosotros. Nuestras manos se congelaron. Sin embargo, ninguno de los tres amagó a abortar la salida. Víctimas del "síndrome de encierro", queríamos abandonar nuestra jaula.

Saltamos al agua ignorantes de lo que nos esperaba, envueltos en nuestros trajes de gore-tex; sólo los ojos permanecían descubiertos. La tarde ya estaba avanzada y decidimos remar cercanos a la costa para protegernos del viento. Remamos durante una hora en dirección norte, y cuando nos separamos de tierra en dirección nor-noreste sentimos los "chubascos" de viento y granizo abatirse con violencia sobre nuestras cabezas. Remamos a toda velocidad, aprovechando el viento y las olas que nos empujaban de popa. La tormenta oscureció el cielo rápidamente, y la navegación se hizo cada vez más difícil.

La visibilidad era casi nula cuando Emilio avisó que no se sentía muy seguro. Decidimos "hacer balsa", juntando los kayaks y cruzando los remos por sobre la borda. La situación era francamente dramática, pero en ningún momento hubo pánico. Analizamos la situación con calma: mientras nos mantuviéramos juntos no correríamos peligro... a menos que las olas nos tiraran contra la costa que ya no divisábamos; por otro lado, manteniendo la balsa no podíamos remar, y en consecuencia nos encontrábamos a merced del viento. Para colmo, Emilio empezó a sentirse mal. Estábamos como desorbitados, flotando en la oscuridad total.

Decidimos llamar al "Noomi", nuestro velero guardián, que sabíamos estaba en zona. Las comunicaciones fueron intensas, porque no lograban divisarnos. Tuvimos que recurrir a todo nuestro arsenal pirotécnico: disparamos una, dos, tres bengalas para que nos vieran. La pistola cayó al agua y se perdió. Recurrimos a las bengalas de mano, pero no funcionaron. Encendimos las luces estroboscópicas y continuamos con las comunicaciones vía radio. La situación empeoraba a cada momento y el frío nos congelaba. La lluvia tampoco daba descanso. Cuando el Noomi llegó a nuestra posición, casi nos pasa por arriba; al lado de nuestro pequeños kayaks semejaba un enorme animal enfurecido. Arrojaron una soga de rescate, pero de nada servía. Hubiera sido suicida abandonar nuestros botes para nadar hasta el Noomi, que no podía detener su marcha so pena de quedar también a merced de las olas. Decidimos permanecer unidos y pedimos a Greg que navegara delante de nosotros para mostrarnos el camino hasta el canal de entrada de la isla Herschel. Intentaríamos controlar nuestro avance con los timones...

Tres largas horas duró esta situación que casi nos cuesta la vida. Desembarcamos en una costa oscura y rocosa con el agua hasta las rodillas, empapados y con los huesos calados por el frío. Eran casi las diez de la noche. Bajo la lluvia buscamos nuestro refugio y nos tiramos a dormir después de tomar una gelatina caliente. El tambucho trasero de mi kayak se había inundado y muchos de mis equipos estaban completamente mojados. Habían sido muchas emociones para una sola jornada.

Un pisquito nomás

A la mañana siguiente descubrimos dónde estábamos: Caleta Dublé. Pasamos el día encerrados secando ropas, reparando fuerzas y analizando lo sucedido la noche anterior. Habíamos cometido un grave error al salir tan tarde, pero supimos resolver la situación manteniéndonos unidos y esto era lo más importante para nosotros. El equipo había demostrado por qué había sido capaz de llegar hasta el Cabo de Hornos.

Tras un día de descanso, la marcha continuó. Faltaba cruzar Nassau nuevamente, pero sentíamos que lo peor había pasado. Nos tomó una larga jornada bajo la lluvia llegar a Caleta Middle, enclavada en el norte de la isla Wollaston, pero valió la pena: allí nos esperaba un "comité de bienvenida".

A nuestro regreso, lo único que nos empujó a remar bajo la lluvia casi 40 kilómetros durante seis horas frías y lluviosas fue la botella de pisco que sabíamos esperaba nuestra llegada. Al desembarcar en la pequeña playa, ya nos esperaban nuestros amigos para darnos una mano y apurar el trámite. Lo que sí me acuerdo es el ataque al hígado que tuve que soportar durante tres días por aquella imprudencia, y el plato de centollas que se comieron Martín y Emilio días más tarde en Puerto Toro en mi cara, sin que yo pudiera siquiera probarlo. De todos modos, la de Caleta Middle fue una noche inolvidable, que pasamos entre amigos y con "unos pisquitos nomás".

De vuelta a casa, pensando en la próxima partida

Desde Middle cruzamos la bahía y llegamos a Puerto Toro. Allí emprendimos la jornada más larga de todo el viaje: nueve horas y media para recorrer los 45 kilómetros que nos separaban de Williams. Llegamos bajo la lluvia, ya bien entrada la noche.
El 21 de abril emprendimos la última jornada. Cuando divisamos Ushuaia la nostalgia se adueñó de nosotros. Sentimos que esos paisajes nos pertenecían. Los habíamos ganado en buena ley y no queríamos abandonarlos. Estábamos tristes. Y a pesar del cansancio empezamos a soñar con la próxima aventura.

...Y la próxima aventura fue la circunnavegación en kayak de mar a la Isla de Los Estados...

 Autor : Pablo Basombrío

Publicado con la autorización de Martín Grondona

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